Las invitaciones que no aceptó
Octubre de 2026
A Roberto le han ofrecido trabajo en la ciudad varias veces. Veintiséis años en el oficio dan para recibir ofertas. Las ha rechazado todas.
Su argumento no es nostálgico. Es un inventario: donde vive hay seguridad, hay buenos alimentos y está su familia. «Lo tenemos todo», resume. Para alguien que ha trabajado en Tamaulipas y en Veracruz antes de volver a San Luis Potosí, esa comparación no es ingenua.
Empezó por un tío
Tenía dieciocho años cuando un tío lo llevó a trabajar la palma. Lo pusieron de seleccionador, separando hoja buena de hoja mala en una bodega.
Esperaríamos que un muchacho de esa edad lo tomara como un empleo de paso. Pasó lo contrario: «Sé que es un trabajo que pide mucho cuidado, y desde el principio me gustó.»
Con el tiempo, unos vecinos lo invitaron a cortar. Empezó a entrar a las parcelas de la selva y resultó bueno: llegó a levantar entre treinta y cuarenta rollos diarios.
Dos oficios, no uno
Hoy Roberto hace las dos cosas. Entre semana corta en el monte; los fines de semana selecciona en bodega.
Esa combinación es menos frecuente de lo que parece y tiene una consecuencia práctica: quien ha pasado años separando hoja mala sobre una mesa reconoce desde el tallo lo que no vale la pena cortar. El criterio de selección se adelanta al monte.
De ese trabajo salen el sustento de su esposa y sus cuatro hijos, y la escuela de todos ellos.
La camioneta
Roberto tiene un objetivo concreto: comprar una camioneta.
No es un capricho. Sin vehículo propio, el volumen que puede traer de la selva lo decide el transporte disponible, no su capacidad de corte. La camioneta es, en sus términos, la diferencia entre el trabajo que hace y el que podría hacer.
Cree que la palma tiene futuro y está dispuesto a apostar por ello. A los cuarenta y dos años, después de más de dos décadas en el oficio, esa confianza dice algo sobre el oficio mismo.
La conversación se sostuvo en Ahuatitla, San Luis Potosí, donde Roberto vive con su familia.